Relato – Ella se fue

Hola queridos amigos y lectores. Aquí les dejo un relato. Espero que les guste.

Ella se fue

Rominaopina.cl - Ella se fue - She is gone - www.rominaopina.cl ©All rights reserved by Rominaopina - Romina Guerra Alvarez

La primera persona a la que yo conocía y le sucedió, fue el farmacéutico.  Luego llegó el turno de un hombre grande, gordo y calvo que tenía un negocio cerca de nuestra casa.

Después le sucedió a una joven actriz y luego a un bailarín de la tv.

Y así, yo llevaba la cuenta, pues sabía que en algún momento sería el turno de alguien de mi familia. La pregunta era: ¿quién?

Hace unos diez años mi hermano y yo fuimos de paseo con los compañeros del colegio. Jugamos, nadamos, tomamos fotos y un amigo nos leyó la suerte.

Cuando volvimos del viaje, mi mamá nos fue a buscar. Caminábamos cruzando la plaza y ella se detuvo bruscamente y dijo:

– La abuelita se nos fue…

Lo primero que pensé fue: ¿a dónde?

Mi mamá se puso a llorar y yo seguía escuchando su frase en mi cabeza. La abuelita se nos fue, la abuelita se nos fue.

Al entrar a la casa, vimos a mi papá. Una mirada a su cara, sus ojos rojos y demacrados me hicieron comprender lo que sucedía.

Me di una ducha, pensando en todo y nada al mismo tiempo.

Después vi a mis tías sollozando y comenzaron llegar muchas personas. Pero yo no lograba reconocer sus rostros, sólo sentía diversas voces, abrazos, suspiros, todo parte de un remolino borroso.

Hubo un momento en que ya no lloré. No quise participar de los preparativos y traté de consolarme racionalizando las cosas.

Sabía que llegaría este día, era la única certeza que teníamos. Y aunque lo había sabido durante años, el momento surgió inesperado y desconcertante.

Una tristeza desgarradora se apoderó de mí cuando vi la cápsula sellada, sabiendo que ella estaba allí. Pero debía convencerme, precisamente, de que ella ya no estaba allí.

Hacía siglos que el ritual era el mismo. Al anochecer llegamos exhaustos con la caravana y depositamos la cápsula en la plataforma. Desde esa altura veíamos las luces infinitas de la ciudad.

Interrumpí el silencio sepulcral y leí -apenas- unas palabras que le escribí para despedirme.

Continuó el procedimiento. Elevamos nuestras miradas hacia el oeste. Tres, dos, uno. La cápsula fue disparada hacia la atmósfera dibujando una estela refulgente que elevó sus restos al cielo. Una explosión desbarató los últimos átomos de su ser.

Los antiguos decían: “Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás”, y escondían a sus difuntos bajo tierra. Pero una vez que la verdad del Espíritu fue revelada, dejaron atrás aquella oscura tradición, pues en luz habíamos de convertirnos.

Así, cada vez que uno de nosotros muere, hay una fiesta hermosa en el firmamento, tal como ese día en que ella se fue.

– Fin –



Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *